18 de julio
La casa descansaba, abiertas las ventanas al jardín donde los grillos alborotaban el aire nocturno del verano. De vez en cuando sonaba a lo lejos el motor de algún coche que pasaba por la carretera, y desde el bosquecillo cercano llegaban a ratos aleteos y ruidosas llamadas de pájaros.
En el piano Pleyel, Michael tocaba y tarareaba bajito, como al azar -con cierto virtuosismo y buena voz-. aquella música triste,
Tu se' morta, se' morta, mia vita, ed io respiro?, has muerto, vida mía, ¿y yo aún respiro?, cuánta desolación, cuánta soledad, qué triste ese lamento de un ser rotro por la ausencia, lamento cruel que asoló las teclas del piano, su mecanismo interno y su propia carcasa, sometiendo el mundo al dolor.
Addio terra, addio cielo e sole, addio...El acorde final de re menor resonó definitivo: la pérdida nunca encuentra respuesta. se acabó. La muerte siempre es la muerte, con cielo, con infierno o con nada.
Michael se quedó inclinado sobre el piano, como si la pena agarrotara su cuerpo. Fue Emma, tendida en el sofá, descalza, quien se atrevió a susurrar:
-Qué hermoso. Y qué triste.
Y él volvió su taburete hacia ella.
-Sí, es muy triste, la muerte siempre es triste para los vivos.
-Sí... El
Orfeo de Monteverdi es una obra maestra. ¿Sabes que hice un trabajo en la facultad sobre la persistencia del mito de Orfeo y Eurídice en la cultura occidental? Me dieron un sobresaliente...
-"Por estos lugares llenos de espanto, por este inmenso Caos, por este vasto y silencioso reino, yo os suplico: deshaced la prematura trama del destino de Eurídice..." ¿Tú que habrías hecho?.
[...]
Fragmento de
El resto de la vida, Ángeles Caso