miércoles, 19 de octubre de 2005
Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como buscador. Un buscador es alguien que busca. No necesariamente es alguien que encuentra. Tampoco es alguien que sabe lo que está buscando. Es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.

Un día nuestro Buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Él había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, así que dejó todo y partió. Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, divisó Kammir a lo lejos, pero un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadoras. Estaba rodeaba por completo por una especie de valla pequeña de madera lustrada, y una portezuela de bronce lo invitaba a entrar. De pronto sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar.

El Buscador traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como por azar entre los árboles. Dejó que sus ojos, que eran los de un buscador, pasearan por el lugar... y quizá por eso descubrió, sobre una de las piedras, aquella inscripción. “Abedul Tare, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días. Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra. Era una lápida, y sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar

Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenía una inscripción. Al acercarse a leerla, descifró: Lamar Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas. El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Este hermoso lugar era un cementerio y cada piedra una lápida. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto, pero lo que lo contactó con el espanto, fue comprobar que, el que más tiempo había vivido, apenas sobrepasaba 11 años. Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar.

El cuidador del cementerio pasaba por ahí y se acercó, lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.

- No, ningún familiar - dijo el buscador - Pero... ¿qué pasa con este pueblo? ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que lo ha obligado a construir un cementerio de niños?

El anciano cuidador sonrió y dijo:

"Puede usted serenarse, no hay tal maldición, lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré... Cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta, como ésta que tengo aquí, colgando del cuello, y es tradición entre nosotros que, a partir de entonces, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abra la libreta y anote en ella: a la izquierda, qué fue lo disfrutado…, a la derecha, cuanto tiempo duró ese gozo. ¿Conoció a su novia y se enamoró de ella? ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana, dos? ¿tres semanas y media? Y después… la emoción del primer beso, ¿cuánto duró? ¿El minuto y medio del beso? ¿Dos días? ¿Una semana?

¿Y el embarazo o el nacimiento del primer hijo? ¿y el casamiento de los amigos? ¿y el viaje más deseado? ¿y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano? ¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones? ¿horas? ¿días?

Así vamos anotando en la libreta cada momento, cada gozo, cada sentimiento pleno e intenso... y cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba. Porque ése es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido."

Jorge Bucay,Cuentos para pensar
Publicado por Artemysa @ 22:07  | Poesía y literatura
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Publicado por crimenes
viernes, 21 de octubre de 2005 | 1:35
Increible el cuento, me ha gustado muchísimo.

pero no estoy demasiado de acuerdo con él. si la vida solo se tratara de momentos intensísimos no sería tan bonita... yo también siento que he vivido cuando hago cosas normalísimas.

supongo que por eso dicen que los que se toman la vida con tranquilidad viven más!
Publicado por Invitado
viernes, 21 de octubre de 2005 | 22:42
Me agarró con fuerza de la mano.
Yo sonreí e ingerí otro rohipnol.
Éramos sólo dos perros abandonados,
perdimos el control.
Caminamos deprisa y sin rumbo.
Aquel día abrasaba el sol.
Cruzamos corriendo las Siete Autopistas,
perdimos el control.
Conocimos a una tal Amparo.
Dijo: "No hay más que alivio y dolor."
Nos guió hasta aquel cementerio de gatos
en el que perdimos el control.
Y quisimos salir de allí.
La miré y ella balbuceó.
Ocurrió algo confuso y después la perdí,
habíamos perdido el control.
Y nos creímos ángeles,
y hasta ella quiso volar.
Y lo hizo tras dejarme
aquel mensaje aún por contestar:
"¿Dónde estás, corazón?¿Te has cansado de mí?
Yo estoy en el balcón y ¿sabes?, voy a saltar."
Se rió -"¡JA JA JA!"- y después se cortó.
Publicado por Invitado
viernes, 21 de octubre de 2005 | 22:44
No hice más que vagar por un tiempo.
Traté de limitarme al alcohol.
Intenté no sumirme en la locura o
perdería el control.
Conocí a una mujer en Conill.
Disfrutamos del mar y del sol.
Un mal día le dije:
"Esto te gustará, pero perderemos el control."


Perdería el control, Nacho Vegas



Soy Vicky-ali. Muchos besos
Publicado por Artemysa
lunes, 24 de octubre de 2005 | 19:31
Ya estalló el conflicto
y no preguntarán:
¿Estáis listos?
¿Listos para marchar?

Jesús, me alegra que te haya gustado, ya te enseñaré mas cuentos de Bucay que están muy bien

Vicky me alegra que vuelvas (y revuelvas xD) y muy grande nacho vegas =)